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Cambiar de carrera no es el fin del mundo

agosto 29, 2020

Cuando llegó el momento de elegir mi carrera escuché diversas frases como “Es la carrera del futuro”, “Eres
muy inteligente, vas a poder con todo”, “Eso que quieres es muy caro”, “No, si trabajas no vas a
poder con las dos cosas”, “En otra ciudad no, eres una mujercita y no puedes andar sola”
.

Me apropié de esas ideas y creí que iba a poder con algo que no entendía y, aún peor, que no me gustaba. Una parte de mi estaba intranquila, pero era la niña de los dieces, que puso por delante los consejos y comentarios de otros, olvidó su voluntad y apagó sus sueños.

El primer semestre me gustó, conocí cosas nuevas, gente interesante y seguí adelante. Conforme avanzaba, me di cuenta que no era lo mío, la materia vértice de la carrera, era en la que peor me iba, aún cuando pasaba horas estudiando, leyendo y haciendo ejercicios, ¡no le entendía!

Empecé a frustrarme, a llorar noches enteras, escondida en el baño; el reprobar aumentaba la angustia, cada examen era una tortura para mí. Dejé de hablar con mis compañeros, de asistir a clases y, en algún momento, también perdí la esperanza de terminar una carrera. Esperaba una solución caída del cielo, no veía salida.

Un día, mientras veíamos la reseña del mundial le dije a mi mamá:
– Me voy a hacer cronista deportivo, para conocer el mundo.
Desde niña, era una frase común al ver la televisión “Quiero ser antropóloga… detective…soldado… monja”. Sin embargo, esta vez la respuesta de mi mamá fue diferente:
– Decídete, tú quieres hacer de todo.
– Yo sé lo que quiero, ya no quiero seguir allí.

Fue un momento en dónde ambas nos dimos cuenta que ya no era feliz en la carrera donde estaba, por lo que decidí pedir una baja temporal y, durante casi un año, estuve en mi casa, intentando encontrar aquello que me
devolviera la alegría y el gusto por aprender. Emprendí un camino de autodescubrimiento personal que sentaría las bases para mis sueños.

Al año siguiente encontré trabajo, también había investigado otras escuelas y me fui a informar, entré a
otra carrera, una que sí me gustaba, en la que me podía visualizar y, sobre todo, me sentía plenamente ilusionada.

Si mi yo de 17 años, hubiese sabido que sí era capaz de trabajar y estudiar, que podía estar en un ambiente “masculino” y sentirse cómoda y respetada, que sí era posible pagar con un trabajo de medio tiempo la colegiatura y comprar materiales, quizás no habría pasado años esforzándose en una carrera que, a ella, no le daba fruto.

Solamente puedo concluir lo siguiente:

  • El pasado no se puede cambiar, no podemos regresar a él, pero sí podemos volver a verlo y aprender de él.
  • Sanar las heridas nos permite avanzar y visualizar un futuro, pero para sanar es necesario hacer
    una pausa en el camino hasta recuperar tu esencia, reconstruir tus ideales y tener nuevos sueños.
  • Cada proyecto nuevo es una apuesta, es atemorizante e incierto, pero sin importar cuál será el
    resultado, el proceso es vital para crecer como persona, para aprender tus capacidades, reconocer
    tus límites y poder superarlos.
  • Está bien escuchar consejos, pero no hacerlos ley de vida, hay que dejar de creer que no se
    puede, sí se puede, sí puedo, sí puedes. ¿Va a ser fácil? No, nada que valga la pena es fácil, pero
    valdrá el esfuerzo.
  • Lo más importante que aprendí es que nada pasa esperando, solamente las oportunidades y la
    vida. La voluntad y el esfuerzo obran milagros.

Mar Rodriguez

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