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Si te dice cosas como estas, no es tu amiga.

septiembre 19, 2020

Mi color de piel nunca figuró en mi lista de traumas, hasta el día que una ex amiga hizo un comentario sobre ello mientras tomábamos unos tragos.

“Siempre creí que ser morena era una limitante para ti”, esas fueron sus palabras. Un silencio incómodo congeló el tiempo y de cierta forma mis sentimientos: ¿Acaso soy muy morena? ¿Es mi color de piel importante? ¿Será esta la razón por la que fracasó todo a mi alrededor?.

Tan solo con esa frase, miles de ideas llegaron a mi cabeza con una rapidez inconmesurable; despertaron traumas que yo no sabía que tenía y las comparaciones no se hicieron esperar. ¿Será acaso que ella tiene razón? ¿Por qué no había pensado en mi color de piel en todo este tiempo? ¿Soy menos atractiva por esta razón?

No. Mi mente puso un alto inmediato. Nada de lo que esta pasando es real y no debo permitir que esto me afecte.

Tomé ese último trago de un sorbo y con los labios humedecidos respondí: Mi única limitante ha sido rodearme de personas como tú.

Debo resaltar que esa relación ya estaba dañada, y ese comentario solo desencadenó la furia de una tormenta interna que ya estaba ahí. Sin embargo, con sus palabras provocó una regresión en mi inconsciente: ¿es esta la primera vez que alguien me juzga o ataca por mi color de piel?

La respuesta, sorprendentemente para mi fué “no”, he inmediatamente más recuerdos vinieron a golpearme con fuerza:

La adolescencia y la necesidad de pertenecer a un grupo fueron grandes desafíos en los cuales me enfrente a personajes que cumplían un parámetro socialmente aceptado en esta maravillosa ciudad de Monterrey.

En aquellas audiciones donde participé, jamás llegué al segundo filtro; casualmente las finalistas se caracterizaban por su tez resplandeciente, donde siempre figuraron como estelares.

Durante mi carrera profesional como “Godinez” antes de mandar todo al carajo, mis compañeras siempre fueron favorecidas por sus rasgos delineados, estatura y color de piel.
Al menos en un par de ocasiones me negaron la entrada a sitios donde las miradas incómodas te recorren desde los pies hasta el último cabello.

Años después salí con un chico estadounidense que durante la cena me dijo: “No te creo que seas Regia, tu piel es morena, se asemeja más a Veracruzana”. Claro está que esa fué la última vez que lo ví.

Y no, no es una cuestión importante, pero mi padre es rubio de ojos verdes y mi madre una morena de fuego; ellos, comprendieron que el color no importa y concibieron con amor a su hija.

Yo me aceptó siendo el fuego, capaz de quemar cualquier sentimiento de inferioridad hacia mi misma.

De aquella ex amiga, sentimientos y un comentario estúpido sobre el color de mi piel solo quedaron las cenizas.

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