Lo de hoy es ser “fitness”. Vivimos en una sociedad que nos exige cada vez más estar esbeltos y tonificados. Por todos lados vemos cuerpos esculturales que nos hacen creer que la felicidad está en ser delgado. Y lo creemos. En efecto, la mayoría de las mujeres tenemos una relación complicada con nuestro cuerpo y lo que comemos.

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Se perfectamente lo frustrante que es seguir dietas, hacer rutinas de ejercicio y tomar pastillas para bajar de peso (tantas que pierdes la cuenta) sin éxito alguno. Una y otra vez, cada que un método no nos funciona, sentimos enojo, ansiedad o culpa, comemos y volvemos al sobrepeso. Vivir así genera una relación amor-odio con la comida y un rechazo a nuestro propio cuerpo. Sí, he estado ahí.

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Pero con esta misma experiencia hoy quiero invitarte a reflexionar: ¿quieres ganarle la batalla a la balanza? Entonces comencemos por ahí, dejando de pensar que esto es una pelea. Terminemos de estar en guerra con nuestro cuerpo y comencemos a entenderlo, así como a nuestro peso y nuestra relación con la comida.

Analiza tus creencias. Esta es la parte más difícil. Para cambiar tu cuerpo debes cambiar tu mente. Para ello, debes cuestionarte todo lo que piensas sobre la comida, tu cuerpo y el peso.

Adelgazar no siempre significa bajar de peso (porque puede ser que estés generando músculo y quemando grasa, el músculo y la grasa pesan lo mismo pero la última ocupa más volumen), entonces ¿en realidad quieres bajar de peso?

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¿Qué hay de tu relación con la comida?, ¿sientes culpa cada que comes?, ¿por qué? Pregúntate, cuando comes, ¿por qué comes? ¿Por hambre, por ansiedad o tristeza? Mi nutrióloga me dijo “la comida no es la felicidad” y pienso en eso cada que “quiero comer más”.

Tira la báscula a la basura. Así como lo lees. Seguro te preguntarás “¿¡cómo voy a bajar de peso si ni siquiera sé cuánto peso!?”. Just do it. Véndela, escóndela en el fondo de tu clóset, quítale las pilas, regálala, pero sácala de tu casa… o múdate.

En el momento en que decidas sacar la báscula de tu vista te quitarás un gran peso de encima, física y literalmente. Dejarás de someter a tu cuerpo al estrés constante de no cumplir las expectativas y comenzarás a definirte más allá de un número.

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Porque realmente, la balanza no es nuestra peor enemiga. El peso es muy relativo, las razones por las que sube o baja son múltiples y complejas, pero si tengo una relación difícil conmigo misma y mi entorno, me encontraré viviendo bajo la otra enfermedad del siglo XXI, que no es la obesidad sino el estrés. En realidad, este es nuestro enemigo número uno.

El estrés tiene muchos efectos en nuestro cuerpo: provoca no desarrollar músculo y almacenar grasa, ralentiza la digestión, disminuye nuestros niveles de energía y la capacidad para que órganos, músculo y tejido se reparen. Así que, probablemente, lo que juzgas como tu propia falta de voluntad puede ser un conjunto de reacciones químicas en tu cuerpo, que te impiden alcanzar tu máximo potencial.

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¿Cómo puedo reducir el estrés?

Busca un apoyo holístico, tomando en cuenta que somos cuerpo, mente y nutrición.

Aléjate de los pensamientos negativos y aliméntate de imágenes y frases que te den energía, paz y armonía.

Ten un día de cuidado propio. Respeta, cuida y escucha a tu cuerpo.

Practica yoga, medita, unas cuantas respiraciones profundas pueden hacer la diferencia.

Acepta tu tipo de cuerpo y sácale provecho vistiendo la ropa que te hará lucir mejor.

Haz lo que te apasiona. Viaja, sonríe, toma fotos. Lo que haga vibrar tu corazón.

Afirma. Cada mañana decreta lo que ya está sucediendo. “Hoy acepto y amo mi cuerpo”, “hoy me veo más bonita”. Tip extra: escribe tu afirmación en un post-it y pégalo donde siempre lo veas cada mañana… te hará el día 😉

Disfruta cada bocado, cada sabor, haz de cada comida un momento mindfulness.

Ama tu cuerpo, sé feliz en él. Recuerda que es el vehículo para vivir esta experiencia humana, que la salud es primordial y que sin ella no podríamos caminar cada mañana, sentir la lluvia en nuestro rostro u oler la tierra mojada.

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Laura Figon
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